Le besé en las mejillas.

El sol reverbera en mis ojos, se descompone en colores brillantes. Ya los muertos se han ido, se levantaron con su parsimonia y acudieron al tañer de las campanas de la vieja iglesia del pueblo. Era un ding-dong ensordecedor que quizás solo ellos lo escucharon en el temblor de la tierra y de la madera de los ataúdes. Pero es mentira, por que yo también lo escuché. Ellos ya no serán huéspedes del silencio. Yo tampoco. Ahora son como yo. Pero me asalta esta duda, esta reflexión sobre el deber y la conciencia. Esta concentración de culpas en el pecho. Los pecados capitales me abrumaron, me abrazó la  lujuria.

 

Estuve lleno de pensamientos posesivos sobre esa persona. Lo estudiaba a fondo hasta conocer todas sus ideas y pensamientos, sus poses y sus vestiduras. Le admiraba, incluso para mi mismo, parecía que lo amaba. A veces pensaba que aquel sentimiento era reciproco. Incluso su amor por mi, que no me sirvió para nada, solo me sirvió para ahogarme en el lago de mi propia incertidumbre.  Que mas da?

No había temperancia en mi. Lo se. He sido avaro. De todas formas, ignoro cuando empece a condenar las cosas eternas por las cosas temporales. Solo se que en este instante clamo a Dante, en su purgatorio, para que me obligue a arrodillarme sobre piedras filosas y me ponga a recitar ejemplos de avaricia. Quisiera borrar todas estas ideas, toda esta maldita insistencia de culpabilidad.

Estoy sufriendo, quisiera devolver el pasado, pero las puertas se me  han cerrado para siempre e ignoro por que a mi no se me deja entrar.

También algunas veces y por aquellos días me asaltó la pereza, un sentimiento de tristeza  que me hacía, a veces, apartarme de mi obligación, de mi responsabilidad terrenal. Acaso era aquello una predeterminación obligatoria?

Estaba indeciso. sometido a la procastinación. El tiempo no era mi mejor aliado. Por muchos días estuve desganado, lleno de aversión y disgustado con la vida que vivía. ¿Que sentido tenia vivir esa vida sin poder libertar a los míos? Sin concederle la redención eterna a través de mis acciones y de la fuerza heroica de mi quehacer Cumplir mi designio, mi deber de hombre.

Pero yo no quería cumplir esa tarea. Era un trago amargo, amarguisimo. Pero, ¿quien iba a apartar de mi ese elixir, aquel sabor tan desagradable? ¿Quien? ¿Acaso yo?

Había esa especie de duda en mi que se oponía a la caridad que nos debemos a nosotros mismos y al amor que debemos profesar a la deidad. Dudas, cavilaciones infinitas sobre mi propio ser. ¿Por que pusiste esta tarea en mi? ¿Por que yo? Ahora derivo en este soliloquio de ser o no ser, esa es la cuestión… ando buscando calaveras para hacerles preguntas, ando buscando adanes, y ángeles caídos para hablarle y escuchar su mudez. Busco cuerpos inertes, oídos sordos, materia sin vida. ¿Soy o no soy?  ¿Seré?

Ni siquiera recuerdo cuando comenzó mi propia inconsciencia. ¿Soy o no soy? Soy ignorante de mi propio ser… de lo que soy ahora. No soy nada ¿Soy la nada? ¿Que soy en el fondo: escaso presente latente en un recuerdo? Soy un grabado en la pagina mas injusta de la historia. Eso creo ser.

¡Ser, o no ser, es la cuestión!—
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?…

Soy la consumación que se deseaba. Mi conciencia me hacia un cobarde y así también el color natural de la resolución se debilitaba ante mi razón. Como  podría llevar la carga gruñéndome a mi mismo y sudando  esta vida fatigosa si no fuera por el temor de lo que se oculta tras la muerte? Ese país sin descubrir, del que ningún viajero ha podido regresar de esta vida. Ahora seré pasajero hacia esa ruta, hacia el camino sin retorno, hacia el valle de los dormidos para siempre. El hades me espera.

Soy el hombre que quiere dormir el sueño de no despertar nunca mas, morir, quedar dormido y saber qué sueño vendrá en el sueño de mi muerte. Voy rumbo a la ciudad desde la cual los viajeros no regresan. A pesar de no creer en la suerte, ni en los destinos asignados, me revuelvo en un mar de angustias, ¿sufre mi espíritu el golpe intenso de un propósito asignado? ¿Acaso pude haber luchado contra eso? ¿ ¿Para que? ¿Enfrentar el designio de mi alma? ¿Revertir  el destino de mi ausente albedrío? ¿Debo seguir mis instintos o detenerme en la congoja y el sobresalto que heredó mi carne? ¿Soy aquella propia consumación que se ha de despreciar?

¿Ser o no ser?, esa es la cuestión.

Tal vez dentro de este sueño me despierte en otras tierras y me olvide de mi, de mis acciones. Morir, dormir, tal vez soñar. Pero se que nunca podre negar la verdad que me seca la piel y se queda para siempre en mi pensamiento, que me domina y toma el control de mis acciones. No creas que no pongo de mi parte, pero no es suficiente, soy como un naufrago, nadando contra la corriente. Estoy tan cansado, tan confundido, tan hastiado. Mi cuerpo se hunde en la densidad del mar de la noche. Se hunde hacia la profundidad del sueño eterno. Sufro.

Esta insoportable levedad de ser, hace  vacilar mi mente entre  dos puntos infinitamente excluyentes: ser o no ser.

Miles de horas después, llegaron las noches con sus fantasmas, que se quedaron para siempre y durmieron conmigo la noche mas larga, la mas extensa y la mas lúgubre; ellos me hicieron auto destruirme mas que ayer. Me auto consumí en aquellas ideas que volaban velozmente en mi mente. Habia una urgencia de miedos, una impaciencia maldita, un deseo de vengarme de mi mismo, cerrar mis ojos para siempre, coserlos para que no vieran la luz de cada día. Mis pupilas no merecían los colores de aquel cielo claro, mucho menos el hermoso arrebol.  Debía coserlas o sacarlas, echar mis pupilas a la tierra para que la misma hiciera su trabajo. Que se hundieran en la podredumbre de mi propia ignominia.

¿De que valió buscar y desear ser visto, considerado, admirado, estimado, honrado, alabado e incluso halagado por los demás hombres de mi sociedad, cuando la consideración y la gloria que buscaba eran humanas exclusivamente.?

¿Acaso fui un impaciente con los procedimientos de la ley y mi deseo de entregarlo a las autoridades  para que el mismo se rebelara contra el sistema e hiciera justicia con sus propios medios y llegáramos a creerle, a servirle? ¿Era nuestro afán una ilusión para  ayudarle a construir un Reino de justicia para nuestro pueblo o aquello debió ir mas allá del fanatismo en creencias?

Habia que buscar el lazo que nos unía y mantenernos junto a su bondad y su infinito amor, para que el efecto de su rebelión nos alcanzara a todos los de nuestro pueblo con su mansedumbre y su rigor de lo justo. Eso nada mas. Que nos llevara a la libertad. Que se acabara la miseria social, que sucumbiera el miedo y se hiciera realidad un nuevo mundo para nosotros. Ya no mas afanes ni mas dolor. Justicia, redención, redención. Eso era. Nada mas. Saber que con su luz venceríamos a las tinieblas del opresor y mas adelante alcanzaríamos nuestro Edén y nuestra Babilonia.

Lo miro a los ojos con el amor con que se mira a un ser querido, me mira con su mirada llenísima de bondad y me quiebra los huesos, me debilita; me miró como se mira el dolor de las almas y las penas, en ese instante, me miró con un amor doloroso que no alcanzo a sacar de mis latidos, aquella fue la mirada de la conmiseración. Lo miré con la angustia de la pérdida, con la mirada de la despedida, con la mirada de la esperanza, con el deseo de verlo convertido en la fuerza emancipadora de nuestras vidas. En la noche más opaca del resentimiento y del odio, su mirada manifestaba el resplandor inaudito del amor inconmensurable.

Lo besé en la mejilla y al hacerlo sentí que el espíritu malvado me salió por la boca después de haber sentido la divinidad en su piel.

Se lo llevaron.

Ahora me llega esta lucidez terrible sobre mis culpas y este recuerdo de su ternura y abnegación. Hubo en mi coraje para entregarlo, cierta blasfemia y cierto fulgor satánico. De pronto, tengo el alma enteramente envuelta en las tinieblas. Se lo llevaron, pero ahora a mi, me lleva el remordimiento.

Me quedó el breve sabor de creer que me necesitaba para lograr lo suyo, sin embargo, me quedo envuelto por las extensas tinieblas en la noche mas opaca de mi propio resentimiento y mi odio a mi mismo.

El Sanedrín me pagó estas 30 piezas de plata. Pero las mismas parecían oxidarse en mis manos, como si perdieran valor a mi contacto. En mi conciencia, estaba convencido de mi error y como prueba de mi arrepentimiento quise devolver aquellas monedas. Ellos me ignoraron en el intento, por eso las lancé con furia contra el Templo cuando divagaba en mis penurias.

Si, es hora de merecer lo mío, castigar mi carne. Dejar salir este fuego interno que no se apaga, este fulgor satánico que me propone  todo el  porvenir atroz que se aproxima  en el tiempo y en la eternidad.

¿No sería mi entrega de aquel hombre la peor blasfemia contra el Espíritu, la que no será perdonada?

Ahora divago indiferente al resplandor inaudito de la redención.  Solo espero el infinito castigo eterno, mientras camino por la Aceldama, cabizbajo y arrepentido hacia mi propia muerte.

Al arrepentirse de ello se ahorcó,

Carlos Banks

Marzo2019

ia l&p

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